Parece contradictorio, pero la llanura plana y abierta del sur de Camagüey es uno de los lugares menos conocidos de Cuba. Poco poblada, sin muchas vías de acceso y escaso interés económico, el área ha permanecido relativamente aislada, a diferencia de otras llanuras
agrícolas, más pobladas y de fácil comunicación, como el sur de La Habana, por ejemplo.
Sus suelos, pesados y de mal drenaje, mantuvieron alejada a la caña de azúcar; la ganadería a gran escala prefirió las zonas más altas y el arroz llegó hasta allí hace solo medio siglo en un experimento costoso que hoy resulta insostenible. Sin grandes empresas agrícolas generadoras
de empleos, no hubo nunca asentamientos de consideración, ni siquiera de escala modesta.
La razón del aislamiento –como es frecuente– está en su relieve.
La llanura costera del sur de Camagüey, una franja de unos 100 km de largo y 10-15 km de ancho, es territorio karstificado, sembrado por cientos de depresiones cerradas, a menudo anegadas buena parte del año, donde se acumulan suelos oscuros, plásticos, gleyzados, con matorrales y pastos secundarios de pobre valor. Las depresiones son sufosivas, con forma de platillo, muy amplias y poco profundas, anegadas o fangosas; son tantas y tan próximas entre sí que impiden la asimilación agrícola de este territorio. Vista desde el aire, se hace evidente que no hay nada similar en la isla.
Los geomorfólogos, orientados a la cartografía y la determinación de la génesis y la edad de las superficies, hemos prestado escasa atención a este singular paisaje, en contraste con las mejor estudiadas llanuras de occidente. Por otra parte, la información geológica accessible parece contener errores e imprecisiones, mientras que las generalizaciones litoestratigráficas, logradas hace muchas décadas, limitan la interpretación a pequeña escala. Haría falta perforar dentro de las depresiones y en los espacios entre ellas, hacer perfiles geoeléctricos así como caracterizar mejor los sedimentos del Cuaternario para precisar su génesis y distribución.
Lo que se propone en este trabajo es una hipótesis sobre el origen y la evolución de las depresiones kársticas de la llanura del sur de Camagüey. Su autor infiere la información donde le falta y escucha las opiniones de Manuel Iturralde-Vinent, uno de los pocos geólogos que ha revisado las perforaciones ahí, aunque haya sido hace más de 50 años. El trabajo abre además una puerta a prestar más atención a la dinámica exógena del relieve en una llanura que es hoy menos conocida que la cumbre del Turquino.
